
Hace apenas unos cuantos meses falleció -que no murió- una gran mujer. Ella iba a cumplir 95 años, pertenecía a la Congregación Anglicana de San José de Gracia (Catedral) y se llamaba Esther Hernández Cárdenas: Esthercita, Teté, Chata o Mami para los muchos que la conocimos, amamos y fuimos tocados por su gran capacidad de cariño y, muy especialmente, de generosidad.
Esta última cualidad fué la más distintiva de toda su existencia, pues a pesar de haber tenido desde muy pequeña una vida muy difícil llena de carencias y viscicitudes, y después de un matrimonio fallido que la sumió aún más en la necesidad, nunca le faltó.Así mismo, lo más admirable en ella fué que a pesar de su apariencia menuda y frágil supo luchar primero por sobreponerse a la pobreza y orfandad para titularse como maestra de Educación Primaria, y después -como leona- para sacar adelante y dar carrera casi sola a sus cuatro hijos que quedaron prácticamente en el abandono paterno después de su divorcio.Sin embargo, su obra más grande, la importante, la colosal, fué haber traído a sus hijos, hijos adoptivos, nietas y bisnietos al seno de nuestra amada Iglesia, y haber compartido en ella con ellos y con muchos otros todas las bendiciones que a través de esas experiencias nos ha permitido en su inmenso amor el Señor.Es por esto que al principio digo que Mami ha fallecido pero no ha muerto, porque ella vive y vivirá en nuestros corazones para siempre.¡Gracias infinitas Señor por habérnosla dado! ¡Guárdala a tu lado por toda la eternidad! Amén.(Texto de Maritza Cordova Hernández)