domingo, 5 de octubre de 2008

Homenaje




Hace apenas unos cuantos meses falleció -que no murió- una gran mujer. Ella iba a cumplir 95 años, pertenecía a la Congregación Anglicana de San José de Gracia (Catedral) y se llamaba Esther Hernández Cárdenas: Esthercita, Teté, Chata o Mami para los muchos que la conocimos, amamos y fuimos tocados por su gran capacidad de cariño y, muy especialmente, de generosidad.



Esta última cualidad fué la más distintiva de toda su existencia, pues a pesar de haber tenido desde muy pequeña una vida muy difícil llena de carencias y viscicitudes, y después de un matrimonio fallido que la sumió aún más en la necesidad, nunca le faltó.



Así mismo, lo más admirable en ella fué que a pesar de su apariencia menuda y frágil supo luchar primero por sobreponerse a la pobreza y orfandad para titularse como maestra de Educación Primaria, y después -como leona- para sacar adelante y dar carrera casi sola a sus cuatro hijos que quedaron prácticamente en el abandono paterno después de su divorcio.



Sin embargo, su obra más grande, la importante, la colosal, fué haber traído a sus hijos, hijos adoptivos, nietas y bisnietos al seno de nuestra amada Iglesia, y haber compartido en ella con ellos y con muchos otros todas las bendiciones que a través de esas experiencias nos ha permitido en su inmenso amor el Señor.



Es por esto que al principio digo que Mami ha fallecido pero no ha muerto, porque ella vive y vivirá en nuestros corazones para siempre.



¡Gracias infinitas Señor por habérnosla dado! ¡Guárdala a tu lado por toda la eternidad! Amén.



(Texto de Maritza Cordova Hernández)

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